Javier Araujo, Solution Sales en T-Systems Iberia
¿Qué me llevaría a una isla desierta? Si me hacéis ahora esta pregunta lo primero que hago es devolveros otra: ¿Hay 3G en esa isla? Y es que reconozco que soy smartphone-dependiente. Yo nunca hubiese participado en el reality “Supervivientes”, y no por pasar hambre sino porque no sé qué haría yo un mes en una isla sin un smartphone con una buena 3G a la que engancharse.
Es lo que tiene llevar tantos años acostumbrado a llevar un dispositivo inteligente en el bolsillo… ¿No os pasa lo mismo a vosotros? Ah,… ¿Qué el smartphone más famoso sólo tiene 5 años de vida? Pues es verdad. ¿Y qué hacíamos antes? El periódico te lo comprabas por la mañana y las noticias permanecían allí impresas hasta que comprabas la edición del día siguiente. Si querías una actualización encendías la tele y ponías una tecnología espectacular llamada teletexto (¿quién no lo usó para ver los números de la primitiva?). El correo electrónico lo leías cuando llegabas a casa o a la oficina, y para quedar con tus amigos ahorrando pelas ponías a prueba tu concentración mental escribiendo SMS en un teclado numérico. Los más ingeniosos ahorraban vocales.
Para “navegar” por una gran ciudad comprabas un mapa-sábana y tardabas 10 minutos en ubicarte en él y otros tantos en perderte. La primera vez que compré el de Madrid y empecé a desplegarlo, pensé que era una broma: “esta ciudad no puede ser tan grande”… ingenuo de mí. Tenías amigos de los que no sabías nada durante meses. Si te interesaba mucho un programa de televisión tenías que estar atento a su emisión, o programar el VHS para verlo luego. Los domingos por la tarde te pegabas a un transistor para saber los resultados de los partidos “en tiempo real” y en el aeropuerto te preocupabas por llevar tu tarjeta de embarque impresa porque si no, no tenías nada que hacer.
Pero un buen día todo cambió. Y nos hicimos dependientes de estos cacharros y sus aplicaciones. Y eso que no somos nativos digitales (dícese del niño al que le das un Nokia 8020 e intenta pasar página con el dedo en la pantalla). Pero es que no me extraña la adicción que tengo. Mientras desayuno, Flipboard me selecciona las noticias más relevantes y las presenta en un formato espectacular. De fondo suena la música en Spotify, en una lista automática que la aplicación genera en base a mis gustos musicales. De camino a la oficina, Waze decide en tiempo real la mejor ruta para llegar, teniendo en cuenta la información del tráfico enviada por otros smartphones de adictos como yo. En las reuniones, tomo notas manuscritas con GoodNotes y las subo a Evernote para etiquetarlas por temas. Mi red de contactos de LinkedIn me mantiene informado de temas de interés profesional gracias a su apartado de publicaciones, y con Facebook estoy al tanto de la actualidad de mis amigos y de empresas cuyos productos me interesan. Los mensajes los envío por Whatsapp mientras Skype me permite videoconferencias remotas con mi familia esté donde esté.
Mucho se está hablando ahora de la excesiva dependencia con China para la fabricación de estos dispositivos, cuando en realidad creo que es en el desarrollo de aplicaciones donde tenemos nuestra gran oportunidad. No deja de sorprenderme la capacidad de innovación en este terreno. Cuando piensas que ya está todo inventado, van y te enganchan con otra aplicación de la que no puedes prescindir, de esas que te hacen plantear qué hacías tú antes de instalártela.
Y es que, si unimos los conceptos “capacidad de proceso”, “conexión a internet de banda ancha”, “geolocalización” y “portabilidad”, las posibilidades para crear aplicaciones interesantes son enormes. El reto de todos es seguir sorprendiendo a los usuarios, y aunque no lo parezca, queda camino por recorrer.
La proliferación de adictos como yo también implica otros retos, como los de compatibilizar estos dispositivos con la vida laboral, también conocido como BYOD (o cómo acceder a los recursos corporativos con mi smartphone personal sin liarla parda).
Los amantes de realities como “Supervivientes” pueden ir despidiéndose de estos formatos televisivos, porque no habrá forma de convencer a los nativos digitales para que concursen en ellos. Y yo les entiendo.


















