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La tecnología de la impresión de objetos en 3D se remonta a los años 80 del siglo pasado, pero ha sido en los últimos diez años cuando ha comenzado a desarrollarse con fuerza, popularizándose y reduciendo sus costes.

La impresión 3D pertenece a la categoría de fabricación por adición, produciendo los objetos al añadir sucesivamente capas superpuestas de algún tipo de material como puede ser plástico o resina (incluso metal) que se calienta e inyecta capa por capa siguiendo los movimientos del cabezal. Cuando se solidifica da lugar a un objeto sólido aunque no excesivamente resistente, lo que por ahora, aunque cada vez menos, limita las aplicaciones prácticas de los objetos impresos.

El continuo desarrollo de esta tecnología, junto con el ingenio y la capacidad de las impresoras 3D, ya permiten aplicaciones prometedoras con ellas. Algunos ejemplos incluyen por ejemplo coches como el Urbee, que dispone de una carrocería impresa en 3D sobre un chasis convencional provisto de un motor eléctrico.

También utilizando un impresora 3D de gran tamaño cargada con hormigón sería posible imprimir una vivienda en apenas 24 horas.

Órganos humanos y otras partes del cuerpo, prótesis y escayolas para traumas son también susceptibles de poder producirse mediante impresión. Ideas como Cortex aspiran a sustituir la escayola utilizada para inmovilizar miembros y la «bioimpresión» ya ha permitido obtener orejas y otros órganos y tejidos humanos superponiendo capas de células.

Igualmente los nutrientes de los alimentos se pueden almacenar deshidratados en polvo y posteriormente mezclarlos con aceite o agua para obtener comida sólida y tridimensional. La impresión 3D con chocolate, mucho más sencilla, incluso se explota ya comercialmente.

Probablemente la impresión de armas de fuego es la aplicación más controvertida y que más revuelo causó en su día. De momento sin embargo los materiales disponibles son demasiado frágiles, lo que no impide que una arma de este tipo llegue a efectuar algún que otro disparo.

 

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