Uno de los grandes retos a los que se enfrentan las empresas es la transición verde. Cuando se piensa en los objetivos de sostenibilidad y en los ajustes para una mayor eficiencia y una reducción del impacto en el entorno, se suele pensar a pie de calle en ciertos sectores concretos. Son los primeros que se vienen a la mente porque suelen ser los que tienen una huella de carbono o un impacto medioambiental más claro, como ocurre con el transporte o la industria manufacturera. Sin embargo, la transición verde importa a muchos niveles y afecta a todas las compañías, en todos los sectores.
Así, la banca debe afrontar igualmente los retos medioambientales y hacer una transición verde. Lo hace en su operativa a todos los niveles: no solo se trata de hacer más sostenibles sus redes de oficinas o de aplicar medidas de impacto social positivo, sino también de establecer una estrategia de inversión sostenible.
Se habla ya de la green finance, o sustainable finance, por sus nombres en inglés. Vendría a ser la banca verde, las finanzas verdes o las finanzas sostenibles. Algunos cálculos apuntan a que el mercado ha llegado ya al billón y medio de dólares (trillón en inglés) en sus valoraciones globales y el atractivo y potencial de estas finanzas verdes no para de crecer.
Para la banca y la industria de las finanzas, esta transición les permite comprometerse con la sostenibilidad y mejorar su imagen pública, sabiendo además que están teniendo un impacto positivo en el mundo. De paso, consiguen cumplir los objetivos de sostenibilidad que se habían marcado en sus estrategias corporativas y logran abrir nuevos mercados y posicionarse de un modo competitivo. Los potenciales beneficios de la transición verde son muchos y muy variados.
Aun así, no todo vale cuando se habla de banca verde o sostenible. De entrada, se podría decir que en estas inversiones entran los bonos verdes o proyectos que cumplen normativas verdes u objetivos sostenibles.
Pero, y para continuar, el marco para la transición verde de la marca está cada vez más definido por las normativas sobre sostenibilidad. La Unión Europea ha aprobado una taxonomía que deja claro qué se considera sostenible y cómo se mide. Esto obliga a su vez, como recuerda un análisis de los expertos de T-Systems, a una mayor transparencia, unos mejores reportes y una compliance más clara. Es ahí donde la tecnología tiene un papel fundamental.
La tecnología y la banca verde
Las herramientas tecnológicas hacen que reportar información, mejorar la transparencia y hacer un seguimiento del cumplimiento de objetivos sea más sencillo, más simple y, sobre todo, más sólido. Esto es, la tecnología no solo permite ejecutar estos pasos, sino que además lo hace de un modo más seguro y eficaz. Posibilita saber en tiempo real en qué dirección se va.
Esto importa a la hora de asegurarse que las inversiones que se realizan son realmente verdes, pero también para afianzar una posición solvente en el mercado. Como recuerda el análisis de los expertos de T-Systems, no se trata solo de «imagen o reporting, es sobre resiliencia, gestión de riesgos y nuevo potencial de negocio». Para la banca, por ejemplo, este seguimiento de datos les permite comprender mejor los efectos del cambio climático ya desde una etapa temprana y tomar mejores decisiones de inversión.
Al tiempo, la tecnología resuelve un problema crucial: los datos necesarios para comprender el alcance y las necesidades de la transición verde son complejos, están fragmentados y no pocas veces repartidos en silos. Incluso, en ocasiones resulta difícil acceder a ellos. Las herramientas adecuadas ayudan a solventar esta situación, simplificando la lectura y procesado de información.

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