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Si se piensa en los años 60, se pensará en plástico. A mediados del siglo XX, el plástico era una especie de gran descubrimiento del siglo y la versatilidad y durabilidad del material lo convertían en favorito de marcas y consumidores. El plástico estaba por todas partes y era uno de los símbolos de la vida moderna. Por el contrario, medio siglo más tarde, el plástico se ha convertido en el gran enemigo a batir por las empresas, que buscan ser más sostenibles.  

En sus esfuerzos por cumplir con los ODS, los objetivos de desarrollo sostenible de la ONU, la lucha contra el plástico está muy presente. Se podría decir incluso que es un elemento transversal, porque encaja con múltiples puntos dentro de los objetivos, como la producción y consumo responsables, el agua limpia, la protección de la vida submarina o la apuesta por ciudades y comunidades sostenibles.  

El boom del plástico de las décadas precedentes ha creado una situación insostenible. Los datos de Greenpeace apuntan que cada año se producen en el mundo 500.000 millones de botellas de plástico. De todos los envases de plástico que se usan en España, la mitad acaba en vertederos.  

Si no se recicla, el plástico tarda mucho más tiempo que otros materiales en degradarse, lo que lo convierte en un lastre para los entornos. Una botella podría permanecer cientos de años en un bosque, sobreviviendo mucho más que las personas que la usaron.  

Consumidores más críticos

Los consumidores son cada vez más conscientes de esta situación y también más críticos con el uso que las empresas hacen del plástico. Muchas compañías han ido modificando su packaging en los últimos años para cambiar el plástico por materiales más sostenibles, mientras se han ido tomando decisiones que penalizan el uso del material (por ejemplo, cobrar las bolsas). Un estudio reciente señala que el 78% de los consumidores prefiere que las empresas usen empaquetado de papel. Si no es estrictamente necesario y por cuestiones de primer orden, los compradores no quieren verse rodeados de plásticos.  

Además, a esta presión de los propios consumidores se debe sumar la normativa a la guerra contra el plástico. La Ley de Residuos y Suelos Contaminados, que acaba de aprobar el Congreso de los Diputados, también incluye restricciones para el uso de este material. No se podrán vender ciertos productos de plástico de un solo uso ni tampoco añadir microplásticos a otros, como productos de limpieza o de cosmética. El cerco al plástico se endurece y las penalizaciones a las empresas que no hagan bien las cosas crecen.  

Por tanto, la posición de las empresas debe ser mucho más activa. Necesitan –para mantener la fidelidad de sus compradores y para cumplir con la legislación– perseguir el uso del plástico y mejorar sus datos. No pueden verlo como una cuestión de responsabilidad social corporativa que quedará bien en una nota de prensa, sino como un cambio estratégico y profundo 

Syrah, una herramienta crucial

En conclusión, la lucha contra el plástico debe ser algo real, por lo que necesita ser monitorizada para comprobar que se están haciendo las cosas como deben.  

Es ahí donde entra en juego Syrah, la solución de T-Systems para la monitorización y medición del cumplimiento de los ODS.  Syrah dice a las empresas y a los organismos públicos qué se está haciendo y qué resultados se están obteniendo. Es como ese amigo que siempre te avisa de lo bueno y de lo malo y te permite ser la mejor versión de uno mismo.  

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